Las
comunidades de los seguidores de Jesús, apoyada
en el testimonio de los primeros discípulos, testigos
de la muerte y mensajeros de la resurrección de
su Señor y Maestro, evocan y reviven aquel hecho
cada vez que se reúnen para la celebración
de la Eucaristía, en cumplimiento del mandato expreso
del Señor en la última Cena: “Haced
esto en memoria mía” (Lc 22,19). Durante mucho
tiempo, no se sabe cuánto, quizás durante
más de un siglo, la celebración eucarística
era la única conmemoración de la muerte y
de la resurrección del Señor, por cierto,
cada ocho días, en el día llamado por este
motivo día del Señor o Domingo.
No obstante, es posible que los primeros cristianos continuaran,
por lo menos al principio, celebrando la Pascua Judía.
Sin embargo, para ellos, todo cuanto significaba esta fiesta
se había cumplido en Jesucristo, el verdadero Cordero
de Dios (Jn 1,36). La predicación apostólica
insistía mucho en este aspecto, como puede verse
en numerosos pasajes del Nuevo Testamento. Este parece
ser el sentido de la expresión que puede leerse
en la I Carta de San Pablo a los Corintios, que menciona
a Cristo “nuestra víctima pascual inmolada” (1
Cor 5,7). Esta frase no permite pensar todavía en
una fiesta cristiana con carácter semanal que anual.
En esto se diferencia de la Pascua Judía.
En efecto, los primeros testimonios de una fiesta cristiana
anual de la Pascua proceden de mediados del siglo II, la
Carta de los Apóstoles a propósito del episodio
de la prisión de Pedro narrada en el Libro de los
Hechos de los Apóstoles (cf. Hch 12,3 ss.); y la
famosísima cuestión pascual que dividió a
los cristianos de Asia Menor (Turquía) acerca del
momento de celebrar esta fiesta, si el Viernes Santo o
el Domingo de Resurrección, que conocemos gracias
a la Historia eclesiástica de Eusebio de Cesarea
(s. IV).
La más antigua descripción de la fiesta
cristiana anual de la Pascua, comprendiendo ya toda la
Semana Santa nos ha llegado en el interesantísimo
Itinerario de Egeria (año 381). Esta ilustre dama,
oriunda con toda probabilidad de las tierras del Bierzo,
cuenta con gran precisión y detalle cómo
se desarrollaban las distintas celebraciones conmemorativas
de los últimos acontecimientos de la vida de Nuestro
Señor Jesucristo. Narra las asambleas litúrgicas
presididas por el Obispo de Jerusalén en los propios
escenarios donde tuvieron lugar los hechos, convertidos
ya en santuarios de peregrinación. Toma nota de
las lecturas que se hacían, de los salmos que se
cantaban, de la predicación y de las plegarias,
así como de la celebración de la Eucaristía.
De este modo, con ayuda de las Sagradas Escrituras y repitiendo
los gestos realizados por el mismo Jesús y por sus
discípulos, con el gran aliciente que suponía
encontrarse en los mismos lugares donde acaecieron los
hechos, aquellos cristianos celebraban y vivían
el misterio de la salvación.
Andando el tiempo, aquel modo de celebrar se extendió por
toda la cristiandad. Lo único que ya no podía
darse, estando fuera de Jerusalén y de Tierra Santa,
era la experiencia de pisar aquellas calles y moverse en
aquel espacio donde sucedieron los acontecimientos objeto
de la evocación y de la actualización litúrgica.
Pero la capacidad creadora de los hombres, estimulados
por la fe cristiana, les llevó a imitar la liturgia
de Jerusalén adaptando otros espacios, tanto en
el interior de las iglesias para la parte más profunda,
la Eucaristía, como en las calles o plazas, para
los desplazamientos y las procesiones.
Se formaron y desarrollaron dos tipos de celebraciones:
las propiamente litúrgicas, que comprendían
la proclamación de la Palabra de Dios y del Evangelio,
la plegaria común y sacerdotal y los ritos sagrados
de laEucaristía; y las manifestaciones de lo que
hoy llamamos piedad popular, especialmente las procesiones.
Eso si, siguiendo lo más fielmente posible los datos
que de los Evangelios en cuanto a los tiempos y demás
circunstancias, y procurandorevivir el drama de la Pasión,
Muerte y Resurección de Cristo con la mayor autenticidad,
es decir, meditando esos misterios y tratando de unirse
interiormente, a los sentimientos de nuestro Redentor.
A la dramatización en las calles contribuyeron posteriormente
las imágenes, primero solas, más tarde componiendo
escenas. Y lo que no podía representarse, lo completaban
los predicadores con sus sermones, en los que, por supuesto,
no faltaban las exhortaciones a la penitencia por los pecados
y al cambio de conducta.
Así fue como, a muy grandes rasgos, surgió la
Semana Santa de la calle yde las plazas, como prolongación
y extensión de la liturgia de las iglesias, llenando
los huecos que dejaban los oficios litúrgicos de
las iglesias, situados desde el siglo VIII en la mañana
de los días santos. Por eso, la semana del año
en que tiene lugar toda esta riquísima conmemoración
de la pascua del Señor se llama, como todo el mundo
sabe, Semana Santao Semana Mayor. Pero yo quiero subrayar
que esencialmente la Semana Santa es el “sagrado
recuerdo” del misterio pascual de la bienaventurada
Pasión, muerte y resurrección del Señor,
de lo que confesamos en el Credo: “padeció bajo
el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado,
descendió a los infiernos y resucitó al tercer
día”.
Como Obispo de León, además de manifestar
mi aprecio y estima de la Semana Santa de nuestra capital
y sin olvidarme de tantas otras poblaciones que tienen
también su propia solera y expresión religiosa,
deseo que este particular modo de recordar y de revivir
los acontecimientos finales de la vida de Nuestro Señor
Jesucristo no se quede en el mero recuerdo conceptual y
anecdótico de unos hechos, sino que contribuya a
hacer presente su valor transformador de las mentes y de
los corazones.
+ Mons. Julián López Martín, Obispo
de León |