miércoles, 19 de noviembre de 2008

 




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Saluda del Obispo de León

Significado y Vivencia de la Semana Santa

La Semana Santa es la celebración de un drama histórico de consecuencias decisivas para la humanidad, la muerte de Jesús de Nazaret ocurrida en los años de la dominación romana de Palestina, bajo el imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea y Herodes tetrarca de Galilea, con Anás y Caifás como sumos sacerdotes (cf. Lc 3,1-2). Aquella muerte tuvo lugar en los días de la fiesta judía de la Pascua, quedando para siempre ligada a ella y a su significado religioso.

Las comunidades de los seguidores de Jesús, apoyada en el testimonio de los primeros discípulos, testigos de la muerte y mensajeros de la resurrección de su Señor y Maestro, evocan y reviven aquel hecho cada vez que se reúnen para la celebración de la Eucaristía, en cumplimiento del mandato expreso del Señor en la última Cena: “Haced esto en memoria mía” (Lc 22,19). Durante mucho tiempo, no se sabe cuánto, quizás durante más de un siglo, la celebración eucarística era la única conmemoración de la muerte y de la resurrección del Señor, por cierto, cada ocho días, en el día llamado por este motivo día del Señor o Domingo.

No obstante, es posible que los primeros cristianos continuaran, por lo menos al principio, celebrando la Pascua Judía. Sin embargo, para ellos, todo cuanto significaba esta fiesta se había cumplido en Jesucristo, el verdadero Cordero de Dios (Jn 1,36). La predicación apostólica insistía mucho en este aspecto, como puede verse en numerosos pasajes del Nuevo Testamento. Este parece ser el sentido de la expresión que puede leerse en la I Carta de San Pablo a los Corintios, que menciona a Cristo “nuestra víctima pascual inmolada” (1 Cor 5,7). Esta frase no permite pensar todavía en una fiesta cristiana con carácter semanal que anual. En esto se diferencia de la Pascua Judía.

En efecto, los primeros testimonios de una fiesta cristiana anual de la Pascua proceden de mediados del siglo II, la Carta de los Apóstoles a propósito del episodio de la prisión de Pedro narrada en el Libro de los Hechos de los Apóstoles (cf. Hch 12,3 ss.); y la famosísima cuestión pascual que dividió a los cristianos de Asia Menor (Turquía) acerca del momento de celebrar esta fiesta, si el Viernes Santo o el Domingo de Resurrección, que conocemos gracias a la Historia eclesiástica de Eusebio de Cesarea (s. IV).

La más antigua descripción de la fiesta cristiana anual de la Pascua, comprendiendo ya toda la Semana Santa nos ha llegado en el interesantísimo Itinerario de Egeria (año 381). Esta ilustre dama, oriunda con toda probabilidad de las tierras del Bierzo, cuenta con gran precisión y detalle cómo se desarrollaban las distintas celebraciones conmemorativas de los últimos acontecimientos de la vida de Nuestro Señor Jesucristo. Narra las asambleas litúrgicas presididas por el Obispo de Jerusalén en los propios escenarios donde tuvieron lugar los hechos, convertidos ya en santuarios de peregrinación. Toma nota de las lecturas que se hacían, de los salmos que se cantaban, de la predicación y de las plegarias, así como de la celebración de la Eucaristía. De este modo, con ayuda de las Sagradas Escrituras y repitiendo los gestos realizados por el mismo Jesús y por sus discípulos, con el gran aliciente que suponía encontrarse en los mismos lugares donde acaecieron los hechos, aquellos cristianos celebraban y vivían el misterio de la salvación.

Andando el tiempo, aquel modo de celebrar se extendió por toda la cristiandad. Lo único que ya no podía darse, estando fuera de Jerusalén y de Tierra Santa, era la experiencia de pisar aquellas calles y moverse en aquel espacio donde sucedieron los acontecimientos objeto de la evocación y de la actualización litúrgica. Pero la capacidad creadora de los hombres, estimulados por la fe cristiana, les llevó a imitar la liturgia de Jerusalén adaptando otros espacios, tanto en el interior de las iglesias para la parte más profunda, la Eucaristía, como en las calles o plazas, para los desplazamientos y las procesiones.

Se formaron y desarrollaron dos tipos de celebraciones: las propiamente litúrgicas, que comprendían la proclamación de la Palabra de Dios y del Evangelio, la plegaria común y sacerdotal y los ritos sagrados de laEucaristía; y las manifestaciones de lo que hoy llamamos piedad popular, especialmente las procesiones. Eso si, siguiendo lo más fielmente posible los datos que de los Evangelios en cuanto a los tiempos y demás circunstancias, y procurandorevivir el drama de la Pasión, Muerte y Resurección de Cristo con la mayor autenticidad, es decir, meditando esos misterios y tratando de unirse interiormente, a los sentimientos de nuestro Redentor. A la dramatización en las calles contribuyeron posteriormente las imágenes, primero solas, más tarde componiendo escenas. Y lo que no podía representarse, lo completaban los predicadores con sus sermones, en los que, por supuesto, no faltaban las exhortaciones a la penitencia por los pecados y al cambio de conducta.

Así fue como, a muy grandes rasgos, surgió la Semana Santa de la calle yde las plazas, como prolongación y extensión de la liturgia de las iglesias, llenando los huecos que dejaban los oficios litúrgicos de las iglesias, situados desde el siglo VIII en la mañana de los días santos. Por eso, la semana del año en que tiene lugar toda esta riquísima conmemoración de la pascua del Señor se llama, como todo el mundo sabe, Semana Santao Semana Mayor. Pero yo quiero subrayar que esencialmente la Semana Santa es el “sagrado recuerdo” del misterio pascual de la bienaventurada Pasión, muerte y resurrección del Señor, de lo que confesamos en el Credo: “padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos y resucitó al tercer día”.

Como Obispo de León, además de manifestar mi aprecio y estima de la Semana Santa de nuestra capital y sin olvidarme de tantas otras poblaciones que tienen también su propia solera y expresión religiosa, deseo que este particular modo de recordar y de revivir los acontecimientos finales de la vida de Nuestro Señor Jesucristo no se quede en el mero recuerdo conceptual y anecdótico de unos hechos, sino que contribuya a hacer presente su valor transformador de las mentes y de los corazones.

+ Mons. Julián López Martín, Obispo de León